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exposició

TRANSTEMPS (1988-2018)
XESCO MERCÉ

del 20 de octubre al 17 de noviembre de 2018

 
 

La etología, esa rama del pensamiento que estudia el comportamiento tanto de los humanos como de nuestros parientes animales, ha desarrollado y taxonomizado curiosas teorías. Una de las más ocurrentes y populares, basada en una especie de anécdota avícola algo ramplona y machista, la protagonizan un gallo, un presidente norteamericano y su esposa. Se la conoce como efecto Coolidge y pretende justificar, con argumentos científicos, la promiscuidad mítica de los mamíferos machos. Para refutar su validez, con la facilidad estrepitosa de los desastres naturales, tal vez solo necesitamos una sencilla frase de un conocido tango de Gardel: "... siempre se vuelve al primer amor". Al fin y al cabo, este es un tema aparentemente más recurrente que novedoso, pero quizás es precisamente este el quid de la cuestión: todo es viejo y todo es nuevo. Todo es tiempo. Todo es retorno.

El asesino siempre vuelve al lugar del crimen, dice el aforismo, aunque Patricia Highsmith nos recuerda una excepción ("A los asesinos en serie les gusta viajar"). Del eterno retorno han hablado la filosofía (el estoicismo, Zaratustra, Nietzsche), la literatura (Rilke, Lampedusa, Joyce) o el cine (La Jetée y 12 monos, Welles, Tourneur, Angelopoulos). La lista, en cualquier campo y cualquier caso, es infinita. Tanto como el sinfín de proverbios y citas. Algunos con más ironía: "La historia no se repite, pero rima" (Twain). Otras con un tono visionario: "Cuanto más lejos huimos más nos acercamos a nuestro origen" (Bradbury). Y algunos, verdaderos expertos en la materia, con más poesía: "El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirarlos con ojos nuevos" (Proust, de nuevo).

Xesco Mercé ha trabajado este último verano en esta circular línea de investigación. Yendo y viniendo entre el espacio y el tiempo. Una treintena de dibujos realizados a finales de la década de los ochenta, cuando aún estaba en la facultad de Bellas Artes de Barcelona, han sido el soporte para nuevos experimentos. Estas obras son, a la vez, recurrentes y nuevas. Como lo suele ser el propio trabajo del artista, impregnado de una especie de maldición inherente que conlleva la inquietante sensación de que cada nueva creación parezca inacabada (ya decía Picasso que los cuadros no se acaban, se abandonan). Pero siempre podemos volver a la misma piedra, tal como el más etológico de los refranes nos avisa y anima.

Treinta dibujos hechos durante treinta años de trabajo. Transtemps (1988-2018) parece el título más obvio. De momento.