Según ciertas eruditas
reflexiones, las fases (u objetos) de relación entre
el artista y el público bien podrían ser las
subsiguientes:
1. La obra de arte propiamente dicha.
2. La anterior más la propia persona o personalidad
del artista.
3. Las dos precedentes más el proceso de creación
de la primera.
4. El contexto general que engloba y amplia los tres anteriores
puntos.
Obviamente estos estadios no tienen un principio y un final
definidos, desaparecen y resurgen de forma cíclica,
se superponen y se contradicen, malviven o conviven, pero,
como se dice ahora, marcan una tendencia general desde los
inicios del llamado arte moderno al, cuando menos, polisémico
momento actual.
Algunos artistas están milagrosamente aferrados a la
primera de las variantes y solamente les conocemos, como a
algunos escritores o cineastas de culto, por su propia obra.
Profesan un comprometido anonimato para que nadie ni nada
(ni ellos ni sus circunstancias) desvíen la mirada
del público respecto a su trabajo. Otros creadores
van por el camino opuesto y, voluntariamente o no, interpretan
un personaje que será inseparable del resto de su producción.
Paradigmáticos ejemplos serían Dalí,
Warhol o Hirst, con diferentes grados de acierto e interés.
La importancia que se dio al proceso de elaboración
de las obras de arte, desde el Gestualismo a la Action Painting,
abrió la ruta para futuras denominaciones cada vez
más alejadas del tradicional concepto de obra, en el
sentido físico del término: performances, happenings,
etc. Y sobre el cuarto apartado puede soló recordar
cualquiera de les grandes exposiciones recientes, inconcebibles
sin su making off y un farragoso dossier de fotocopias que
ayuden al espectador a ponerse en situación para digerir
todo lo que verá.
Pero los tiempos corren deprisa y ya tenemos una novísima
quinta fase: La proyección de la obra de arte. Es decir,
la verdadera importancia de la obra es directamente proporcional
a su difusión. Ya no importa la obra física
(cada vez más videograficamente efímera), ni
el tío que la ha hecho, ni cómo, ni dónde,
ni cuando, ni por qué. Ahora hace falta proyección
y no precisamente en los periódicos (porque nadie lee)
si no estar colgado en el Youtube (tantas entradas tienes
tanto vales) o salir en los minutos de la basura de los telediarios,
al lado del pintor que pinta con las orejas o del perro video-artista.
Demasiado frecuentemente la parte más noticiable del
arte contemporáneo es digna de aparecer en las inefables
páginas del Mundo Singular de la revista
Hola.
Hay quien sostiene que el origen de todo esto nace del cinema,
concretamente de Vicente Minnelli (o, quizás mejor,
de Kirk Douglas) y su versión de Vincent Van Gogh,
el primer artista mediático post mortem. Por eso nosotros,
en La Xina A.R.T., encenderemos nuestra particular linterna
mágica y proyectaremos nuestra más íntima
obra. En la 5ª edición de EL BASAR DEL XINO no encontrareis
sombras chinas con lucecitas de Navidad ni referencias pedantes
a la taberna de Platón. Como cada año lo habéis
hecho, en cada uno de estos proyectos colectivos (surgidos
como alternativa a los mercados de arte navideños),
encontrareis, como diría el gran Lubitsch, el bazar
de las sorpresas.