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Una mañana,
al despertar (que es cuando creemos, cándidamente, que empiezan
las mañanas), la casa temblaba, como si fuese un flan de cuando
éramos niños o como lo hacen los sesos de oveja en las paradas
de despojos del mercado. Realmente, parecía un sueño, con
ese turbio ambiente de sfumato y gelatina, que ni siquiera logró
borrar la aparición de un tiranosaurio rex detrás del marco
de la pequeña ventana. Debía medir más de siete brazas,
como un gigante o un molino o un teatro, y la pesada digestión
que rechinaba en sus entrañas iba condensándose en un humo
espasmódico que brotaba de su extraña nariz.
Devoró la piscina del barrio con la también extraña
voracidad que da la sed. Una no menos extraña sed de desierto y
de cloro. Los más ancianos ya habían avisado, pero nadie
les hizo caso. Nada pudo parar los dientes caninos y metálicos
de esa fiera apocalíptica y fascinante. Poco después, cuando
se mitigaba, con insultante pereza, el envite de la polvareda de los escombros,
sólo quedó el tibio revés de la contemplación.
La contemplación pasiva del espectáculo de la destrucción.
En los ojos húmedos de los ancianos, todavía podían
verse los chapoteos, temblores, inmersiones y risas de los niños
del Raval. Pero cada vez se fundían y confundían más
las imágenes de los gorritos multicolores de látex con los
cascos invariablemente amarillos de los obreros, y las franjas fosforescentes
de los monos de trabajo apagaban el color de los descoloridos y heredados
albornoces de los críos.
Ésta es la historia de un barrio, la historia de sus piedras, de
sus bastidores, de sus baldosas, de sus ladrillos y de sus bidés.
El Xino es, o era casi, ese barrio que está en destrucción
y los Xinos se plantean algunas preguntas
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